Jacob en Betel: la gracia que desciende
Exploran la huida de Jacob, su encuentro en Betel y la sorprendente imagen de la escalera como señal de una gracia que desciende desde Dios, no como algo que el hombre pueda escalar. También contrastan la promesa incondicional del Señor con la torpe tendencia humana a negociar con Dios desde el miedo y la inmadurez.
Chapter 1
Una piedra como arma y la escalera de gracia
Cayi
Imagínate esto, corazón. Jacob no está de campamento espiritual feliz, no, no, no. Está huyendo aterrorizado de la ira de Esaú, con el cuchillo de su hermano casi que rozándole la espalda tras ese tremendo engaño de las pieles de cabra que ya hablamos. Y, y la gente se imagina una escena súper poética con Jacob durmiendo plácidamente, pero la realidad, la, la cruda realidad del desierto es otra.
Mama
¡Ay, mi hija! Pobrecito pero, pero bien merecido se lo tenía por tramposo. Pero a ver, dime, ¿cómo que dormía con una piedra de almohada? Eso suena tan incómodo, tan, tan duro.
Cayi
Es que ese es el detalle que explica Stephen Armstrong. La palabra en hebreo no significa que la usó de almohada para estar cómodo. Significa que, que colocó la piedra justo al lado de su cabeza como un arma de defensa inmediata. O sea, el equivalente hoy en día a dormir con un bate de béisbol debajo de la cama. Estaba asustado, con pánico absoluto en la oscuridad.
Mama
¡Válgame Dios! Con un bate de béisbol. Claro, es que él sabía que Esaú lo quería picar en pedacitos. Pero mira cómo es el Señor de misericordioso. En el momento más oscuro, cuando Jacob está tirado en el suelo con su piedra de arma, el cielo se abre. ¡Qué belleza!
Cayi
Exactamente, y ahí es donde Bryan Osborne hace un contraste que me vuela la cabeza. Piensa en Babel. En Babel los hombres con todo su orgullo intentaron construir una torre desde abajo, como queriendo asaltar el cielo, y terminaron todos confundidos y dispersos. Pero aquí en Betel, en Betel es Dios quien toma la iniciativa exclusiva. Él desciende una escalera, una sullam en hebreo, de arriba hacia abajo para rescatar al que estaba perdido.
Mama
Así es la gracia, Cayito. Nosotros queriendo subir con nuestras fuerzas y terminamos en un caos total. Pero Dios baja. Y esa escalera, mi hija, esa escalera tiene nombre y apellido.
Cayi
¡Wow! Sí, el gran teólogo Vernon McGee lo conecta directo con el Evangelio de Juan, capítulo uno, versículo cincuenta y uno. La base de la escalera bien plantada en la tierra representa la perfecta humanidad de Jesús, y la parte de arriba que se pierde en los cielos es Su deidad. Es Cristo mismo conectándonos con el Padre. Y lo hermoso es que Dios no le pide a Jacob que escale ni un solo peldaño. La gracia bajó hasta el suelo sucio donde este mentiroso estaba tirado.
Mama
¡Qué amor tan grande! Es que, es que me dan ganas de llorar de ver la paciencia de mi Dios. Jacob no había hecho nada bueno. Mentía, engañaba, y aun así, el Señor no le saca en cara las pieles de cabra ni la mentira al pobre Isaac que estaba ciego. Dios no le dice nada de eso, cayi. Es un monólogo de puro amor.
Cayi
Claro, John MacArthur resalta justamente eso. Es un monólogo absoluto, sin condiciones. Dios no le pone peros. Solo le da la maravillosa promesa de Génesis veintiocho, versículo quince, donde le dice: He aquí, yo estoy contigo, y te guardaré por dondequiera que fueres. Imagínate, cero reclamos, pura gracia.
Chapter 2
El Dios del Yo hare frente al negociante de kindergarten
Mama
Pero es que Jacob es tremendo, mi hija. Uno ve que se despierta de ese sueño tan glorioso y mira lo primero que dice. Dice: Ciertamente Jehová está en este lugar, y yo no lo sabía. ¡Ay, por favor! Qué muchacho tan ignorante.
Cayi
Es que Chuck Smith y Armstrong explican que Jacob tenía una visión súper primitiva de Dios, casi como un dios tribal. Él pensaba que Dios solo vivía en la tienda de su papá Isaac, allá en sus coordenadas geográficas. No entendía que la presencia del pacto viaja con él a donde quiera que vaya. Pensaba que la santidad era del terreno y no del Dios soberano.
Mama
¡Qué descaro! Como si Dios fuera un amuleto que se queda guardado en un cajón. Pero lo peor viene después, cuando este negociante se pone a hacerle contraofertas al Creador del universo. A mí me da risa y rabia a la vez.
Cayi
Ay, sí, es una comedia total si pones los discursos cara a cara, como hace David Guzik. Dios le acaba de decir: Yo haré, yo daré, yo guardaré, yo te traeré de vuelta. Todo incondicional. Y Jacob se levanta, agarra la piedra, le echa aceite y de inmediato redacta un contrato comercial. Él dice: Si Dios fuere conmigo, y si me diere pan y vestido... entonces el Señor será mi Dios y le daré el diezmo. O sea, el tipo quiere negociar con el dueño de todo.
Mama
¡Qué atrevido! El Dios del universo le promete el cielo y la tierra gratis, y este tacaño le ofrece el diez por ciento si le da comida y ropa. Es como dice Matt Chandler, Jacob quería firmar un contrato de negocios con Dios. ¡Qué fe tan chiquita!
Cayi
Exactamente. Por eso Vernon McGee lo llama con mucho cariño una fe de kindergarten. Una fe de escuela de niños, inmadura y egoísta que intenta sobornar a Dios. Pero entonces, aquí viene la gracia que nos sostiene. A pesar de esa respuesta tan torpe, Dios no rompe el pacto. Dios no le dice: Ah, bueno, como te pusiste a regatear, ahora no te doy nada. No, el Señor mantiene Su palabra porque Su fidelidad depende de Su carácter, no de nuestra madurez.
Mama
Eso me llega al corazón, Cayi. Porque cuántas veces nosotros mismos en nuestros momentos de angustia, cuando estamos en ese punto de pánico que dice Beth Moore, nos ponemos a hacerle promesas tontas a Dios. Decimos: ¡Ay, Señor, si me sacas de esta deuda, yo te prometo que voy a la iglesia todos los domingos! ¡Qué bobada!
Cayi
¡Totalmente! Nos volvemos unos negociantes de kindergarten en el desierto. Pero Dios, en Su infinita ternura, prefiere encontrarse con nosotros ahí, en nuestro punto de pánico, con todas nuestras imperfecciones, en lugar de esperar a que seamos perfectos.
Mama
Ay, sí, corazón. Él desciende a nuestro desierto, se invita solo a nuestra crisis y nos dice: Yo lo haré. Así que, bueno, ya no tenemos que construir escaleras. Solo nos queda descansar en Su promesa incondicional.
Cayi
Amén, Mama. Qué buen recordatorio para terminar hoy. Nos vemos en el próximo episodio.